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martes, 2 de junio de 2015

SOBRE LEER Y VIAJAR

a Erick Antonio

Cristóbal Colón llenó de anotaciones manuscritas los márgenes de las páginas de su copia del Il Milione de Marco Polo, inspirándose para lanzarse a la búsqueda de otra ruta marítima a Asia y, de paso y sin saberlo, descubrir el Nuevo Mundo. En sus viajes también escribió una serie de cartas, conocidas popularmente como las “Cartas del Almirante”, donde hay ciertas cualidades literarias con una noción de verdad histórica que al lector actual hace pensar en ficción. La dialéctica entre viaje y lectura es de una tradición muy antigua, la necesidad de escribir lo visto y lo vivido suele llevar a la escritura, y la literatura transporta al lector a los caminos y paisajes de la imaginación.
            El padre de la novela moderna, Cervantes, escribió en voz del viajero y lector don Quijote: “El que lee mucho y anda mucho ve mucho y sabe mucho”1. Así es, los libros y los viajes son fuentes de conocimiento que retribuyen anímica e intelectualmente más que muchas horas en clase. Es raro que el artista no sea empujado al proceso creativo en la marcha del viaje-lectura o posterior a esta. Todo viaje es una búsqueda y un escape. El dialogo entre el uno-mismo y la otredad están más expuestos en el camino de descubrimientos inesperados para el lector-viajero, porque vaga a través de los sentidos intelectivos y vitales complementándose. En un lector que no viaja sus visiones y experiencias son recreadas frente a una escenografía de artificio, porque como indica Wallace Stevens, “la imaginación consume y agota cierto elemento de la realidad”, que resulta en plantear el producto imaginativo en un soporte opaco para el lector vivencial; de forma similar, un viajero que no lee representa sus visiones y experiencias con un guion mal improvisado, es de una esencia humana porosa, porque “el hombre es la imaginación, o más bien, la imaginación es el hombre”2.
            Podríamos hacer una relación entre qué cantidad de libros equivale a un viaje y a cuántos kilómetros equivale un libro, pero eso dependería tanto de la genialidad de cada libro, como también, de la capacidad de asombro y aprehensión estética del individuo viajero, de manera que tal relación está en dependencia de los individuos. Hay lectores que se mueven a una rapidez asombrosa mientras que otros avanzamos paso a paso sobre la página. Hay viajeros que en su modalidad de turistas ciegos se dedican a tomar selfies en los monumentos y parajes, pero no se detienen a contemplar detenidamente y mucho menos a apreciar la estética de lo que tienen enfrente. El buen viajero-lector no sólo se detiene sobre la página-paisaje, sino que se tropieza con todo destello de claridad y sombras que lo nutren dándole fuerza para seguir cosechando los acentos del camino o las semillas del lenguaje.

El explorador corre el excitante riesgo de perderse, llegar a lugares totalmente desconocidos y no desear volver. Los artistas que han logrado esto y que lo han plasmado en una obra de arte son muchos. La Generación Beat es un ejemplo de recorrer los caminos desconocidos del mundo físico y literario, herederos de una tradición de exploradores que comienza con Whitman, llevaron a la literatura por sendas pocas veces transitadas, cargándola de libertad, ciudades, autopistas, gente, sexos, sueños y drogas, con actitud y asombro, que el lector puede corroborar en libros como En el camino de Jack Kerouac, Aullido y Kaddish de Allen Ginsberg o las novelas de W. S. Burroughs.
El poeta Arthur Rimbaud, “niño salvaje de pies alados”, desde antes de escribir los poemas que lo inmortalizaron (Una temporada en el infierno e Iluminaciones), recorrió los campos de los al rededores de Charleville y huyó varias veces de su casa, en busca de la inspiración para sus versos, y ya en compañía de Paul Verlain vagó por Francia e Inglaterra embriagándose de la vida en la calle y escribiendo los visiones de su errática existencia:

MOVIMIENTO

El movimiento de zigzag sobre la ribera de los saltos del río,
La sima en el codaste,
La celeridad de la rampa,
La enorme zambullida de la corriente,
Llevan por las luces inauditas
Y la novedad química
A los viajeros rodeados por las trombas del valle
Y del strom.

Son los conquistadores del mundo,
Que buscan su fortuna química personal;
El sport y el confort viajan con ellos;
Llevan consigo la educación
De las razas, de las clasas y de los animales, en este buque.
Descanso y vértigo
A la luz diluviana,
En las terribles noches de estudio.
Pues, por la charla entre los aparejos, ― la sangre; las flores, el fuego, las joyas ―
Por las cuentas agitadas en la orilla fugitiva,
― Se nota, avanzando como un dique más allá de la fuerza hidráulica motriz,
Monstruoso, iluminándose sin fin, ― su stock de estudios;
Arrastrados ellos en el éxtasis armónico
Y el heroísmo del descubrimiento.
En medio de los accidentes atmosféricos más sorprendentes,
Una pareja de juventud se aísla sobre el arco,
― ¿Es antigua la hosquedad de la que se perdona?
Y canta y se aposta.3

Finalmente el joven poeta vidente huyó de todo y fue en búsqueda de nuevas aventuras en África y Asia, como si se hubiera extraviado en las selvas voluptuosas de la imaginación y del lenguaje que construyó en su poesía. Lamentablemente no vivió para escribir una obra artística producto de sus aventuras, pero dejó una pequeña obra que influiría a muchos artistas exploradores.

Cuando la lectura y el viaje se complementan dan lugar a exploraciones artísticas más ricas y nutricias para el que aprecia tal arte, y sobre todo, deja en el artista el deseo de seguir en estas búsquedas. Todo se vuelca en los ojos y sentidos del lector vagabundo como los secretos de una revelación. Ítaca, el lugar anhelado es el camino de vuelta a Ítaca, a donde vuelve el explorador enriquecido y sabio, cargado de las sensaciones y recuerdos  encontrados en el camino, listos para volver a ser recorridos.

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1. Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Segunda parte, Capítulo XXV, Alfaguara / RAE, Madrid, 2004, p. 747.
2. Wallace Stevence, Los adagios, Verdealago / Ponciano Arriaga, México, 1996, p. 37.


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